12 ene. 2017

La reivindicación del charlestón

Llegar a París anhelando el pasado, soñando con los personajes que han impregnado la ciudad de su aroma y ambiente, de su esencia, esa gloria en la que se ve envuelta la ciudad del amor… pero de repente, ocurre algo, llega la media noche, suenan las campanadas y te recoge un taxi que te transporta ipso facto a aquellos locos años, los años veinte.


La nostalgia que posee un desilusionado guionista que pasea por las calles de París soñando con Hemingwey, Dalí o Picasso, la melancolía de Midnight in París que nos seduce con la época del estilo garçonne. Los cambios sociales e históricos siempre llevan a un cambio de armario, la historia y la moda van juntas de la mano. Los años veinte tenían como precedente el fin de la I Guerra Mundial, por lo cual fue una década de renovación y liberalización

Gil Pender, el chico que se topa por casualidades de la vida con los años veinte, se encuentra con una sociedad que apuesta por la felicidad y las ganas de vivir, de elevar a la máxima potencia la existencia.

Y la chica… en toda buena película siempre tiene que haber una chica de la que se enamore el protagonista. Ésta cumple un nuevo canon femenino, nuevo para el que viaja por primera vez a los años veinte; una imagen juvenil y sencilla, una imagen digna de la mujer liberalizada luciendo vestidos rectos, holgados, de talle bajo, un pelo corto y cómodo y unos zapatos prácticos que permiten mover el cuerpo al ritmo del jazz y el charlestón.


Una imagen nueva para una nueva mujer, una mujer que lucha por sus derechos, una mujer que lucha por votar, por ser. Y así se desarrolla el romanticismo de la película, esa nostalgia y anhelo por el pasado, esas ganas de formar parte de una época gloriosa, esos maravillosos años veinte.

P. Medina
I. Blokker

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