26 abr. 2017

El “oso” Hormiguero: un programa que más que risas da lástima




En Colombia, es común oír en la jerga local el término ‘oso’ para referirse a una situación vergonzosa. No encontramos mejor manera de titular este artículo, en vista del mediocre programa que es El Hormiguero. Espacio burlesco, falto de contenidos graciosos y que ante todo muestra una actitud machista por parte del presentador Pablo Motos. Con todos estos contras, el programa está al aire desde 2009 y no tiene planes para desaparecer en un futuro cercano.

Pero ¿por qué gusta este espacio? La respuesta es simple, ofrece lo que le gusta a los televidentes: un escape a una ardua jornada de trabajo. Desafortunadamente el público está acostumbrado a mujeres desnudas y contenidos sosos y por eso el programa sigue vigente, aunque es el blanco de fuertes críticas que, aunque ruidosas, no han logrado derrotar al rey del prime time en España.

La cuestión es ¿es el programa o el presentador quien causa tanta polémica? El programa funciona y no solo en España, ha sido vendido a China, México, Chile, Brasil y Portugal, entre otros. Incluso Will Smith, invitado en más de dos ocasiones, compró los derechos para replicarlo en los Estados Unidos.  El éxito del formato conlleva a  que este en sí no sea el problema, la manzana de la discordia es Motos y su personalidad chocante.

El presentador, Pablo Motos, presume para algunos de arrogante y machista, para otros  de divertido o creativo, por tanto no costaría creer que ha tenido tanta aceptación en estos más de 10 años en el primetime español, cautivando a una audiencia de más de tres millones que noche tras noche prende su televisor esperando al siguiente invitado.

Si nosotros fuéramos los directivos o el equipo de producción del programa nos arriesgaríamos a cambiar de presentador,  refrescando con una nueva figura capaz de equilibrar el contenido periodístico serio o no,  con la chispa necesaria para aportarle dinamismo. Esta es una apuesta para darle un aire al programa y una alternativa de entretenimiento a los televidentes locales. Creemos que lograría igualar todos estos cuestionamientos referentes al machismo,  no porque sintamos que a la mujeres solo hay que hacerles preguntas inteligentes o trascendentales, sino porque a los hombres también se les puede preguntar por sus zapatos,  su bañador y su cuerpo. Los resultados serán un trato más equilibrado en igualdad de género  evitando reforzar estereotipos sexistas como que las mujeres no pueden escribir buenos libros y solo pueden hablar de ejercicios o cosmética.

Escrito por: Joel Lozano, María Cantini, Sari Pareja, Rocío Vargas


20 abr. 2017

La generación perdida… ¿o la que hemos dejado perder?

Por Laia Levis


Buenas personas, inteligentes y emprendedores, sí, pero somos una generación incapaces
de concentrarnos en nada en concreto. En mis clases que imparto por las tardes siempre escucho los quejares de los padres sobre la falta de comprensión lectora de sus hijos, aunque es un hecho que
no me extraña.

Tanto esos niños como yo hemos nacido o crecido en uno de los peores escenarios posibles económicamente hablando y por tanto de ello se ha derivado un escenario social mucho peor. No hay dinero para estudiar, ni puestos de trabajo para entrar en el mundo laboral si después de 4 años y un esfuerzo económico por parte de tus padres o tuyo consigues llegar allí. Somos, según algunos, los Millenials.


Nos dicen que siempre estamos inmersos en las redes ya sea desde el portátil o el
Smartphone… Pero ¿Alguno de los que lo dice se ha preguntado por qué? En mi humilde opinión creo que es una forma de alejarse del mundo, de ser otra persona por un instante, de no ser consciente de los problemas del día a día, que aunque quisiéramos olvidar nos es imposible ya que los medios de comunicación nos bombardean con ellos telediario tras telediario. Y después no entendemos porque Sálvame tiene tanta audiencia.

¿Tenemos nosotros la culpa de ser quien somos? Desde pequeños, y esto cada vez ocurre más y de forma más exagerada, nos han preguntado que queremos. Como voy a saber que quiero con 6, 12 o incluso 15 años, eso deberían saberlo los padres. Con esto quiero decir que se ha cultivado una generación de personas acostumbradas hacer lo que les da la gana sin importar el qué el cómo y el cuándo. Así hoy voy conduciendo tranquilamente y encuentro niños de 10 años con las bicis en medio de la carretera a los que debo rodear por no atropellarlos, porque ellos no se van a mover, no les da la gana, creen que todo es suyo y que siempre llevan la razón, y la chulería que los caracteriza ya roza la prepotencia y la temeridad.


De la misma manera siempre se nos ha dicho: “lo importante no es ganar, es participar”, ¿en serio? Y un cuerno. Que nos lo digan en la cola del paro, quien tenga mejor currículo es el que gana, y los demás pierden, pierden el puesto de trabajo y un cachito más de su autoestima. Y no, esta vez no hay medallita para todos para consolar al perdedor, te vas a casa sin nada. Quiero decir que creamos un mundo de personas que siempre se rigen por la ley del mínimo esfuerzo, que con un 5 ya nos vale, y el mundo real no es asi, si eres bueno entras y si no te esfuerzas, en tu casa estas mejor.

De la misma manera el factor de la inmediatez provocado por las nuevas tecnologías también ha sido un mazazo a nuestra generación. No necesitamos más que abrir twitter para enterarnos de lo que pasa en el mundo. Si vemos algo que nos gusta, con un clic al día siguiente lo tenemos en casa, y si queremos ver una serie, con Netflix la vemos donde y cuando queramos, y no hace falta esperar un día a la semana como antes, la podemos ver de un tirón o incluso ver directamente el final. ¿Dónde quedo la paciencia? Es por ese mismo ajetreado mundo 3.0 en el que vivimos que los niños se aburren en clase y no atienden, necesitan otra clase de estímulos para su cerebro los mismos que les dan las redes, que aunque útiles a veces, crean una adicción sin precedentes. 

Hay días que salgo a cenar con mis amigas o incluso con mi pareja y todo el mundo está con el móvil riendo de algo que le cuentan o de algún video que está viendo en youtube, como si las personas con las que has quedado fueran menos importantes, porque dentro del universo de las redes ni siquiera estamos en el mismo sistema solar. Porque colgar una foto de lo hipócritamente o falso feliz eres es más importante a la hora de socializar en estos tiempo que tus propios amigos o familiares.

Porque un like mide lo popular, importante o feliz que eres aunque después en la realidad esa felicidad no sea más que polvo que escondemos tras la pantalla. Porque los likes duran poco, tan poco como los efectos del alcohol después de un día duro. Y luego viene la resaca, esta no te hace tener dolor de cabeza pero te deja con una sensación de vacío infinito porque la verdadera felicidad reside en encontrar el amor, la amistad o un puesto de trabajo en el que te sientas a gusto e útil. Y esa meta, al igual que todas las buenas ideas y los valores de este mundo, se consiguen pensando, y para pensar hay que dejar de bombardear al cerebro, hay que dejarlo descansar, necesitamos volver por un rato al 1.0.

10 abr. 2017

Sex and The City, el retrato del falso feminismo




¿Por qué van de transgresoras, modernas e independientes pero solo son felices cuando tienen una relación con un hombre?

Como cualquiera serie con éxito dentro de la llamada cultura popular, Sex and The City, al mismo tiempo que rechaza un cierto tipo de ideologías las reproduce y perpetua. Durante las seis temporadas (1998-2004) es un himno constante a la vida de soltera de cuatro mujeres heterosexuales, validando a una vida de consumo en la ciudad en contraposición a una vida tradicional del “settle down” con el “empezar una familia” como escudo. 

Sex and The City, al contrario de lo que se podría plantear a priori,  es un grito de combate al privilegio patriarcal, dónde la mujer es subyugada, eternamente sumisa; dónde la desigualdad entre géneros es una realidad. En cada episodio, existe el intento de reciclar esas premisas. No obstante, toda la serie se basa precisamente en ese desequilibrio, permitiendo así que el discurso de los cuatro personajes principales sea contra la violencia psicológica generada por cada una de sus relaciones. 

Todo el discurso feminista que surge desde el narrador, Carrie, es un discurso que el nivel de identificación será muy bajo, teniendo en cuenta la clase media alta en la que ella vive. Es decir, el enfoque no es transversal y no es del todo un reflejo de la diversidad existente.  

Así, es entendible que a la hora de empoderar al sexo femenino, hay una aparente necesidad en comunicar sentimientos negativos y, de cierto modo, normalizarlo a lo largo de las seis temporadas. El género se trata de modo performativo, consolidando la impresión de ser un hombre o ser una mujer (Butler, 2013).

Todo el entretenimiento generado por la serie adviene de la búsqueda extensiva y verdaderamente intensa de la pareja ideal o, simplemente, de un hombre. En lo que se asemeja a una eterna adolescencia: la ropa y la alimentación, los sábados por la noche y el embellecimiento o el tener novio son algunos de los factores que las caracterizan constantemente y las reafirman como pseudo víctimas o, con otras palabras, como Cenicientas contemporáneas.   

Hay un dualismo presente e, igualmente insuperable, en el hecho de que por tanto criticar el sistema, lo reafirma en cada una de sus críticas, en cada uno de sus episodios. 


video

Fragmento del capítulo 18 de la tercera temporada de Sex and The City.


Podemos observar como el argumento de toda la serie gira entorno a las problemáticas de cuatro amigas que tratan de entender a los hombres y acaba cuando las protagonistas encuentran a sus respectivas parejas.


Sex and The City es una metáfora perfecta de lo que de verdad es y sigue siendo el discurso de género en nuestras sociedades occidentales: cada uno podrá declararse feminista, pero por mucho que lo diga, sigue saliendo a la calle en sus Manolo Blahnik. Y de tacones en tacones, perpetuamos el pedestal y nos conformamos con el segundo lugar. 


Andrea Ballesta, Isabel Blokker y Mariana Viseu

1 abr. 2017

Moda Callejera

Cuando el streetstyle es fahion wise. En las paredes residen verdades absolutas escritas en spray y con pegatinas. La rebeldía es de la calle y para la calle, tal como la esencia que define el sector de la Moda.



Marc Jacobs con un bolso de la colección Stephen Sprouse x Louis Vuitton.

Pronunciar el mágico nombre de Bansky nos remite eternamente al mundo popular del Street art. A pesar de su identidad desconocida, Bansky es una autoridad incuestionable y oculta que reúne en sus obras la Historia contemporánea de las ultimas décadas.  Y en los tiempos que corren, de ritmos apremiantes y agendas a punto de estallar, que alguien te conceda cinco minutos y se pare en el medio de la calle para contemplar tu obra es un triunfo.

Pocas cosas generan tanta fascinación como una firma desconocida. Por eso escribir en la calle es un mixto de rebeldía y audacia.  Para los valientes, para los poetas, para los artistas, para quien tiene algo que decir y una hoja de papel le resulta redundante.  Hay quien desde los años 80 intente enseñar al mundo que el graffiti es una de las formas más honestas dentro del mundo del arte. No hay precio de admisión, no hay ruta ideal. Del barrio del Raval al Passeig de Gràcia el valor de una pared no cambia, es uno: sin precio posible.

Quien gobierna una ciudad, o un país, suele temer a lo que no genera beneficio. Y, quizás por eso, la moda consiguió hacerlo en tono de “colaboraciones”, en tono de mecenas protectores. Pero al mismo tiempo son los que están por detrás de las publicidades colosales en cada edificio en obras. Podemos admitir que la frontera es invisible o que, al final, esta es una industria a que se le permite jugar de los dos lados, sin que deje por un sólo segundo de sumar puntos.

¿Cómo se justifican las colecciones de Louis Vuitton con Yayoi Kusama o con Stephen Sprouse? ¿O Kaws para Comme des Garçons? ¿Potenciar el arte o potenciar el beneficio? ¿Luchan lado a lado o han tomado un rehén?

El ejemplo más reciente es la última publicidad callejera de Marques’Almeida. El duo portugués que vive en Londres hizo con que la campaña primavera/verano 2017 fuera plasmada en pegatinas por toda la capital británica. No hay logos, no hay frases. Apenas detalles de las prendas. Hay que tener un cierto grado de mode conossence para lograr discernir de inmediato quien son los creativos por detrás de tal proyecto. De tan normal parece que resulta especial solo con mirarlas.
Publicidad Marques' Almeida S/S 2017 en Londres.


Pero por encima de todo, siempre hay espacio para los desinteresados. Para los jóvenes que cogen por primera vez una lata de Montana y escriben lo primero que ambicionan tener en su armario, como por ejemplo Adidas o apenas un Just do it. Pero lo hacen con humor, o por lo menos, lo hacen con humor en Cataluña. Una obra puede ser Gucci, en el Parque Walter Benjamin ves escrito un Dior o una Prada en un mural lleno de tags, o, para cúmulo, hay lo que podríamos llamar de esculturas urbanas de bolsos por el barrio del Born.

Obra en Barceloneta donde puede leerse Gucci en la tela protectora. 


¿Pero cuando hemos ignorado que esto sería un movimiento a devenir? Al final, todo esto podrá resultar mejor y más efectivamente que cualquier otra publicidad. Puede que decorar la calle pete más en Instagram que cualquier anuncio en la tele y al día de hoy, es lo que todos buscamos.

Y mientras Chanel se convierte en intergalática, la agilidad callejera se actualiza como puede y hace, del mismo modo, moda. Porque lo demás es convencionalismo.


Por Mariana Viseu