26 nov. 2014

L’amour four, o cómo amarse más de 50 años


Yves Saint Laurent y Pierre Bergé (Google imágenes)
Pierre Bergé sonríe poco. Es un hombre de saber estar. Con una personalidad muy definida. Llega, incluso, a intimidar. A pesar de ello su mirada es entrañable, amable y cariñosa. Acompañó, en la sombra, la espectacular trayectoria del genio de la alta costura, Yves Saint Laurent. Aunque todo el mundo sabía que estaba ahí. Para que una relación de ese calibre no tuviera fecha de caducidad, duró más de 50 años, fue tan simple como que uno de los dos proporcionase la calma necesaria para apaciguar a la bestia. Y ése fue el papel que Bergé adoptó toda su vida, y que, a menudo, le reprocharon. L’amour four, dirigido por el realizador francés Pierre Thoretton y presentada en el Festival de Cine de Toronto en el 2010, es el homenaje a la carrera artística de Yves, que, a su vez, no puede explicarse sin entender la relación de amor entre ambos. Como definiría una de sus musas, Loulou de la Falaise, “Era una relación muy apasionada. Con mucho drama, muchas historias, mucho teatro. Mucho alboroto”.

Pierre, Loulou e Yves (Google imágenes)
Su historia empezó a finales de los años cincuenta cuando coincidieron en el funeral de Christian Dior en París. Pierre era un gran amigo del difunto diseñador e Yves, con tan sólo 21 años, su sucesor. Ellos no lo sabían, pero no tardarían en conocerse. “Vi allí una señal del destino, naturalmente, una señal positiva”, explica Bergé en el documental. Al cabo de pocos meses, se enamoraron y fueron a vivir juntos. Desde aquel momento, siguieron 41 años de trabajo común. Yves revolucionando la moda para la mujer con el prêt-à-porter de lujo, el traje pantalón, el esmoquin o la sahariana, y Pierre encargándose del negocio empresarial.

Tras horas y horas de conversación con Bergé y una rigurosa selección de material adicional, mientras transcurre la organización de la subasta de la colección de arte y las mansiones que ambos poseían, se construye la extraordinaria mirada de L’Amour four. Desde los jardines de Majorelle en Marrakech, ciudad que inspiraba profundamente a Yves y en la que empezó a coquetear con el alcohol y las drogas, y el Château Gabriel en Normandía, en el que, en cierto modo, encontraba la calma.

La colección de arte, o lo que podríamos considerar un pequeño museo, estaba compuesta por auténticas delicias: Géricault, Picasso, Matisse, Goya, Braque, Mondrian (el primero llegó cuando Yves se inspiró en el artista para crear el estampado de uno de sus vestidos en 1965), entre muchísimos otros. “No lo conseguimos en pocos años. Fue al cabo de 20 años. Las cosas llegaron en el desorden, como un encuentro. Son verdaderos encuentros. Eso es lo que más nos gustó a Yves y a mí de la colección. El hecho de hacerla con bastante lentitud, con obras que nos encontrábamos por casualidad”, confiesa Pierre. De este modo, aparecieron los jarrones de Dunand un día soleado en el París de 1960. La pareja daba un tranquilo paseo en su descapotable y, de repente, Yves, casi enloquecido, gritó ¡He visto unos objetos extraordinarios! El flechazo fue inmediato y así vistieron el salón de su piso en la rue Babylone.

YSL Mondrian 1965 (Google imágenes)
Muchos se preguntarán por qué Bergé decidió deshacerse de tan fabulosa colección. Entonces, cuando se realizó la subasta entre el 23 y 25 de febrero de 2009, hacía dos años que, lamentablemente, el diseñador francés nos había dejado y los necesarios para que Pierre tuviese la suficiente fuerza para soltar todo lo que, en vida, les unía. “Perder a alguien con el que has vivido, con altos y bajos, que esa es otra historia, durante cincuenta años, a quien le cerré los ojos… Es algo totalmente distinto a ver cómo se van tus obras de arte. He pensado mucho en esto. Así que yo voy a controlar el destino de esta colección. Asistiré al funeral de nuestra colección, pero no he dicho el funeral de los cuadros y los objetos porque éstos conocerán una nueva vida. Así que espero que alcen el vuelo como pájaros y que encuentren nuevos lugares donde posarse”. Las puertas de Le Grand Palais se cerraban lentamente y la figura de Bergé se desvanecía a lo lejos en la oscuridad de la última jornada de la subasta. Una manera de creer en algo o, tal vez, en nada.

Trailer de L'amour fou


Raquel Rabadán
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