29 ene. 2015

Las falsificaciones: más allá de los "top manta"

Año nuevo, propósitos nuevos. Y entre los trending topic de cada mes de enero, el ahorro suele ser uno de los deseos más firmes: acabamos de pasar las navidades y, quizás por haber estado poco previsores, nos damos cuenta con estupor que estamos en números rojos. 

Aunque claro, tampoco queremos ser radicales e ir del despilfarro a no gastar en absoluto, así que nos pasamos al bando de los chollos: ¡las rebajas y los 2x1 están a la orden del día! Estamos en uno de nuestras tardes de shopping cuando, de pronto, damos con un bolso Guess a mitad de precio y un cinturón Emporio Armani al 50%. ¡Por fin! ¿Será ésta la solución definitiva?

La frontera entre el delicto y la inocencia

Hace casi tres años que la venta de falsificaciones en la calle pasó de ser un delito a una falta administrativa, pero el Código Penal sigue persiguiendo la mano de obra que fabrica estos productos casi idénticos a los originales y con el mismo logotipo. El hecho de obtener beneficios económicos a costa de las creaciones de otro implica una vulneración contra la propiedad industrial y está castigada con penas de seis meses a dos años de cárcel.

Para la mayoría de consumidores, el primer motivo para comprar falsificaciones es ahorrarse dinero, y no intentar perjudicar a la industria que crea los productos auténticos. Por lo menos, esto es lo que cree el profesor de Derecho de la Universidad Pompeu Fabra Rafael Bustos: "el que lo elabora sabe perfectamente que comete un delito, mientras que el comprador no lo hace con ánimo de defraudar al diseñador. El daño por adquirir un solo producto es muy pequeño en comparación con el de elaborar 3.000". ¿Pero qué pasa cuando nos están vendiendo un bolso o unos zapatos falsos como si fueran auténticos?

Elaboración propia
Los "made in" de pandereta

El delito de estafa también se sanciona en el artículo 248 del Código Penal. Se impone un máximo de tres años de cárcel cuando los beneficios obtenidos por el engaño no superan los 400 euros, o hasta seis años de condena en los casos más graves. Y aunque aparentemente la teoría parece sencilla, el abogado penalista Marco Esteban ve que a la hora de llevarlo a la práctica es cuando surgen más problemas: "para denunciar que te están vendiendo un objeto que no se ajusta a su calidad se ha de probar no sólo el engaño, sino también la intención de engañar, y esto no es tan fácil".  

Por otro lado, la jurisprudencia también tiene en cuenta si la víctima ha tomado medidas suficientes para protegerse del fraude, de manera que tanto si nos topamos con un "Pucci" como con un D&G unos cuantos euros más baratos que en la tienda, el argumento "es que me engañaron" nunca nos servirá ante un juez.  

Así pues, para ahorrarnos disgustos lo mejor es acudir a los establecimientos, donde nosotros y trabajadores como la Sales Assistant de Emporio Armani en Barcelona, Lorena del Cura, podremos respirar tranquilos: "las falsificaciones degradan la imagen de la marca porque los productos no tienen la misma calidad ni lucen igual". 

Cuando los compradores son el problema

Pero, ¿y si somos nosotros la razón de que se fabriquen falsificaciones? Ésta es una pregunta de la que el Sales Manager de Louis Vuitton en Barcelona, Gonzalo Fernández, tiene muy clara la respuesta: "el problema realmente no recae en quien vende sino en quien compra". Ahora, la cuestión es: ¿quién adquiere una falsificación y por qué? 

Elaboración propia

Desde la Cámara de Comercio, el director del servicio de Estudios, Juan de Lucio, se aleja del motivo económico para centrarse en otros factores como la moda y el prestigio de la marca: "los compradores se mueven más por el valor social de una firma que por la calidad del producto". Estas personas buscan las falsificaciones para aparentar y no por fidelidad, ya que quien considera que las marcas se corresponden con su estilo de vida no compra en los "top manta". 

De esta manera, valores como el hedonismo, la felicidad, la belleza o el éxito toman mucho sentido para el profesor de Economía de la Universidad Carlos III de Madrid, Manuel Valero: "las marcas buscan crear vínculos emocionales entre ellas y el posible cliente con tal de motivar que compren sus artículos".

El perfil del usuario de género falso viene determinado sobretodo por el valor simbólico que éste le otorga al producto y por el placer que le ocasiona comprarlo. Y esto para Manuel Valero se traduce en que el consumidor busca proyectar el estilo de vida asociado a aquella marca, aunque no sea el suyo: "quiere adquirir el estatus que representan estas ropas y complementos pero a un precio, y con una calidad, mucho menores".

La empresa contraataca

En este sentido, es a los compradores a quien pretenden influir las organizaciones defensoras de las marcas. Para acabar con el problema de las falsificaciones, tratan de concienciar a la población para eliminar la demanda.

Básicamente lo que argumentan es que estas reproducciones afectan a puestos de trabajo y que perjudican económicamente a las empresas, aunque, de hecho, no es así del todo. El sector de las marcas de lujo, lejos de ver afectados sus ingresos, es uno de los pocos que ha crecido con la crisis y en poco más de dos años ha obtenido un 30% más de beneficios.

En el fondo, el objetivo es mantener la exclusividad, por eso cuentan con peritos que detectan las falsificaciones. Es entonces cuando el inspector jefe de delitos económicos de los Mossos de Esquadra, Antoni Mariscal, inicia la investigación: "no actuamos antes que se interponga la denuncia porque sabemos reconocer la autenticidad tan bien como las propias firmas".

Cortar de raíz

Creative Commons

A menudo, para acabar con un problema hay que buscarle una causa: ¿de dónde llega todo el género que los vendedores ambulantes pasean por Plaza Cataluña y el Puerto Olímpico? En general, las investigaciones de los Mossos apuntan a que las falsificaciones casi perfectas provienen de Asia y, en particular, de China y la India. Estas organizaciones internacionales son quienes acumulan más responsabilidad penal y, a la vez, las que menos las asumen.  

La historia de Amadou Bocar Sam saca a relucir una realidad que no se tiene en cuenta en todo este asunto: el actual presidente de la Coordinadora de Asociaciones de Senegaleses en Cataluña pasó seis años en trabajos precarios en Madrid para poder pagarse los estudios. Ahora, denuncia la criminalización a la que están sometidos: "hace unos años los inmigrantes hacíamos el trabajo que los españoles no querían. Ara sólo nos quedan actividades consideradas delictivas como recurso para sobrevivir. Sólo tenemos dos opciones: o recoger y vender chatarra o la venta ambulante".

La punta del iceberg 

Entre tanto, las noticias y vídeos sobre la violencia policial contra los senegaleses, nacionalidad que más abunda en este sector, son cada vez más frecuentes, aunque agentes de la Guardia Urbana de Barcelona como Daniel Rodríguez hablan de defensa propia -dejando de lado los casos de violencia extrema-: "antes las mafias fiaban la mercancía a los vendedores ambulantes y una vez vendida la pagaban. Desde que les requisamos los productos, las mafias les exigen que les paguen primero. Es por esto que se ponen violentos, porque les estamos quitando aquello que les da de comer".  

De enero a junio del 2013, el Ayuntamiento de Barcelona impuso más de 25.000 denuncias por compra y venta ilegal en espacios públicos. A pesar de eso, Amadou Bocar insiste en que los vendedores de estas falsificaciones ven esta actividad más como un plato de comida para ellos y sus familias que como un delito: "es una cadena en la que ellos son la parte más visible, pero no la que más se lucra. Sólo saben dónde conseguir el material a vender, pero no quién lo importa".

Un grano de arena

Este es otro ejemplo, como tantos otros, de que un pequeño gesto puede desencadenar un delito a gran escala. Es como un pez que se muerde la cola: si no dejamos de comprar falsificaciones, no se dejaran de fabricar. En consecuencia, nosotros somos una parte activa del delito, y esto es suficiente para que la parte sumergida del iceberg no se deshiele nunca. 


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Anna Elizalde

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