9 dic. 2014

Quizás, quizás, quizás...

Son casi las 23 de un sábado y escribo desde la cama precedida por un ritual que ha consistido en cambiarme de camiseta hasta dos veces y girar la portada de Esquire que reposa en mi mesita de noche (Tom Ford me mira fijamente a través de unas gafas de sol de montura negra y cristal degradé, demasiada presión). Acto seguido mis ojos se quedan inmóviles en la portada de al lado, también de Esquire, dónde una mujer (que meses después volverá a convertirse en “sardinita”) llamada Crystal Reyn apacigua su calor con una manguera. Nico, el creador de la instantánea, la capta justo en el momento en que sus caderas se balancean hacia atrás, dejando a su espalda dibujar una figura perfectamente cóncava. Cuando el agua llega aquí rebota y adquiere la misma fuerza que cuando abres una presa de agua. La imagen es hipnótica, pura fuerza y feminidad.



Y es justo en este momento cuando decido cambiar la temática de este post, porque percibo el martilleo de una palabra: Feminidad.  Si tomo consciencia de mi situación ahora, esta es, por lo menos, curiosa. No voy a salir, no hay nadie mirándome (Tom Ford ya reposa boca abajo) y cuando acabe este articulo sencillamente apagaré la luz. Y aun así he sentido la necesidad de cambiar una camisa sedosa por una de algodón. Y de la de algodón por una camisa holgada de hombre. La  respuesta a este rito es fácil: buscaba sentirme femenina. Y aquí ya entro en la liga de la subjetividad. ¿Qué  es ser femenina? Soy incapaz de atisbar una definición; la feminidad es cambiante. No me refiero a cambiante según imperativos de la moda (creo que sería más acorde “medios de moda” e “industria de la moda”); sino cambiante según cómo quiero sentirme. De todas estas tres piezas la respuesta teórica a feminidad está en “camisa de seda”. Pero da la casualidad que para escribir me siento más femenina con una camisa de hombre y las piernas descubiertas. Supongo que de aquí viene que cada vez que leo un artículo que contiene la palabra feminidad se me escape la sonrisita sarcástica de incredulidad. ¿Hacemos una prueba para ver lo condicionados que estamos? Un juego rápido de asociaciones…

¿Vestido babydoll? Femenino
¿Animal print? Directísimamente  femenino
¿Tartan? Se repite casi cada temporada pero nunca acaba subido al podio de la feminidad
¿Tul? Feminissisisismo.
¿Encaje? La Champions de la feminidad.
¿Zapatos Boucher? Tomboy sí, femenino ¿en serio?
¿Oversize? Cómodo sí… ¿Femenino? Pse pse…

Estamos configurados para saber qué es la feminidad pero no nos escuchamos cuando nuestros sentidos nos gritan que para cada una de nosotras la feminidad es ese “no sé qué” indefinible. Y así pensando me acordé de un vídeo que se fue directamente a mi pestaña de favoritos mental. Natalie Capell, joven diseñadora (que espero dé mucho que hablar) explicaba al Diari ARA que “la belleza surge de la forma de ser de cada una”. De sus palabras emana una conclusión: la importancia es el “cómo” no el “qué”.  Sin una gota de maquillaje, con una mirada que no deja un punto suspensivo al azar y con el tempo de palabra lento, largo y seguro, ladeando ligeramente la cabeza cuando busca dar notoriedad a alguno de sus conceptos. Así vemos a la Natalie Capell. Y entonces me dije…. ¡ESTO ES FEMINIDAD! Una mujer segura, que vive la belleza de acuerdo con su yo, resultante de estar en concordancia con su esencia. Y lo más importante: utilizando la moda como canal para expresar SU feminidad y no cómo corsé de la misma.

Y llegados aquí recuperaría todas las preguntas anteriores y les daría a todas la misma respuesta: “quizás, quizás, quizás”. O lo que sería lo mismo, depende de ti.

 

Izquierda: Debbie Harry, vocalista y alma de Blondie - Derecha: la modelo danesa Freja Beha


Y antes de poner punto y final a esta reflexión me aparecen a la mente un torrente de mujeres, aquellas que aparentemente no entrarían en los cánones etiquetables de “feminidad”, pero para mí son torrente de inspiración. En primer lugar la Crystal Reyn de la portada, rompiendo el molde de la modelo “teóricamente” poco femenina. En esta línea la modelo Freja Beha y su androginia como sello de presentación. Ahora salto de sector y me voy a la música para aplaudir a Debbie Harry cantando “I touch myself”, feminidad que proviene de osadía. Y viajando unos años antes, durante la Belle Époque, la Marquesa Luisa Casati, la misteriosa y tétrica musa de la moda que paseaba por las calles de Milán vestida solo (y con solo me refiero a desnuda) con un abrigo de piel acompañada de dos guepardos (“hola Cartier, ¿te resulta familiar la imagen?”). Resulta extraño, todas las biografías la recogen como una mujer físicamente poco bella; y aun así, su físico resultaba hipnótico y al ver sus fotografías me sorprendo pensando que la encuentro extremamente femenina. Y su influencia ha viajada años, hasta encontrase con Galliano en distintas campañas para Dior (y me atrevería a señalar, incluso en la imagen del mismo Galliano), también con Alexander McQueen, Chanel y más recientemente Givenchy.





Imagen superior: Marquesa Luisa Casati - Imagen inferior: colecciones Alexander McQueen s/s 2007,  Chanel Crucero 2010 y Dior Alta Costura s/s 1998

Dejo los ejemplos aquí, pues podría estar nombrando momentos “teóricamente  no femeninos” pero llenos de feminidad sin cesar; cuando realmente lo único que pretendo es llegar a una reflexión: ¿Y si “feminidad” es de esas palabras que deberían aparecer en el diccionario de la subjetividad? ¿Y si feminidad es sentirse natural? ¿Y si feminidad es aceptar nuestra esencia lejos de etiquetas y adjetivos? Y los más importante ¿Y SI ARRANCAMOS LA ETIQUETA DE LA FEMINIDAD?

Ahora sí…apago la luz… pero antes: me desvisto y recupero la camisa de seda. Para dormir me siento distintamente femenina…


Adriana Barba Martinez https://twitter.com/adrianabarba/

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