30 may. 2012

La dictadura del mito


Si bien es cierto que existe una relación entre nuestras interacciones con el entorno inmediato y en nuestro devenir cotidiano y lo que somos, también lo es que no siempre tenemos consciencia, al menos al cien por cien, de lo que implican nuestros actos. Es decir, afirmar que “somos lo que comemos” podría ser tan pretencioso y rotundamente certero como el hecho de que “somos lo que vestimos”. Y esa relación no ha pasado inadvertida por los avispados creativos de las marcas de moda. Al contrario, ellos han sabido sacar todo el partido a esa particular coyuntura social para explotar al máximo las aspiraciones que anidan en nuestro inconsciente colectivo. 


El camino lo abrieron el famoso psiquiatra Carl Jung y, la posterior desarrolladora de su teoría Carol Pearson a través del análisis de lo que ellos denominaron arquetipos. Su teoría se basa en que nuestras actitudes, objetivos, metas y valores guardan una estrecha relación con algunos de estos modelos tan universales que encontramos en múltiples cuentos, fábulas y representaciones oníricas. Como el prototípico héroe, siempre dispuesto a luchar por su meta de forma fiera y perseverante o el bienhechor, cuya voluntad es cuidar y a ayudar de manera altruista a los demás. A lo largo de nuestra vida nos identificamos con alguno de estos famosos personajes, y nos sentimos reafirmados en nuestra identidad cuando nuestras interacciones con el entorno se rigen en base a esa identidad en la que nos alienamos.

Se podría discutir largo y tendido acerca de estas representaciones pero en esta ocasión he querido centrar toda mi atención en uno de ellos, especialmente inquietante para mí por su gran potencial de atracción. Me refiero al arquetipo del o de la amante, tantas veces usado por las marcas de moda y de cosmética.

Este arquetipo está vinculado al mundo de las emociones así que nos lleva a sentir y empatizar con los sentimientos de los demás. Por otro lado, constituye un sujeto que se entrega y se configura, así,  como un objeto de deseo. Por lo tanto, el cuerpo y su presencia le son de vital importancia puesto que, a través de ellos, satisfará sus deseos principales de autoaceptación, y la experiencia del éxtasis, además de sus objetivos más inmediatos vinculados a las relaciones sociales. Estas interacciones le son imprescindibles, puesto que, el amante nunca quiere estar solo, necesita sentirse siempre querido y rodeado de personas. ¿Y cómo lo hará? Procurando que su cuerpo sea siempre atractivo y mediante el compromiso de hacer lo necesario para atraer a los demás entregándose hasta el punto de perder, a veces, parte de su identidad. No hace falta señalar que las mujeres son las que las firmas suelen adjudicar este papel a las mujeres que encarnan este arquetipo en la mayoría de ocasiones.

Analizando fotografías de algunos anuncios publicitarios que muchas firmas de alta gama colocan en displays y en las más prestigiosas revistas sorprende la repetición de algunos recursos expresivos en los que cabe destacar la cinética como parte fundamental  de la comunicación no verbal. Durante la contemplación de los cuerpos y sus gestos en estas fotografías, el observador recibe una información muy relevante acerca del mensaje que el creador de la imagen quiere comunicar. Partiendo de esta circunstancia puede llamar la atención ver, por ejemplo, la tremenda disposición que muestran las modelos que aparecen en las fotografías de Gucci a abrir sus piernas. Sea un elemento intencionado o no, es un gesto que se repite constantemente en muchas de las imágenes publicitarias de la firma y constituye un mensaje cuya decodificación semiótica no deja lugar a ninguna duda. Vuitton, por su parte, retrata auténticas odaliscas modernas para las que sus anhelados complementos constituyen un auténtico fetiche.



Todas estas imágenes guardan dos importantes características en común: además de una fuerte connotación sexual, en todas ellas la mujer se representa en cuanto a objeto percibido por el hombre, el observador que mira una representación prototípica de belleza femenina, joven y seductora, que se sabe observada  que acepta de forma complaciente ese pequeño y engañoso “poder”. Engañoso porque es el hombre quien realmente establece el dominio a través de su mirada atenta a ese cuerpo eternamente erotizado y listo para la entrega. 

Se plantea, entonces, un auténtico conflicto al conocer que el anclaje psicológico de los arquetipos estimula actitudes en las mujeres que resultan imprescindibles para su desarrollo emocional, en tanto en cuanto ofrecen un sentido a su existencia y un modelo consolidado y aprobado de forma general al que imitar que, además, reside en nuestra memoria colectiva. La constante repetición de estas imágenes afianza un concepto determinado de mujer y  contribuye a la supremacía del arquetipo de la amante que se convierte en la representación de la mujer contemporánea ideal. De modo que, las observadoras/consumidoras de estas imágenes que reciben de forma constante estos inputs, construyen en su mente un retrato de la mujer perfecta. Y de este retrato aprenden las emociones que deben encontrar y madurar y los patrones de conducta necesarios para convertirse en seres plenos.

Una vez asumidos estos conceptos, me surgen varias preguntas. Si estos arquetipos ayudan a aumentar nuestra autoestima y a definir nuestra identidad, ¿tienen las consumidoras reales y aspiracionales de estas marcas esos referentes?. ¿Aspiran ellas a convertirse en simples objetos de deseo para el sexo opuesto? Y, si es así, ¿son conscientes de la realidad que representan esos referentes o es su subconsciente intoxicado por constantes inputs educacionales que las moldean para constituir un ideal perfecto de lo que debe ser la alteridad?

En mi opinión, hemos interiorizado tan bien el mensaje que ni siquiera podemos ser plenamente conscientes de lo que implican nuestros actos.

Keren Manzano

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