11 may. 2011

“Nothing tastes as good as looking perfect”

Todos tenemos defectos y a nadie le gusta tener que mostrarlos. En el transcurso de la historia la solución a este problema ha residido en el convencimiento y la confianza en uno mismo. La asimilación y la conformidad hacia esos defectos, junto a los “tradicional fakes”, solucionaban el asunto hasta los 90 y, mejor aún, no creaban nuevos problemas.  En 1990, los hermanos Knoll lanzan al mercado un producto que, aparte de ser el programa por excelencia por su gran abanico de posibilidades, cambiará el grado de autoestima de medio mundo durante los años posteriores a su creación. 

El diseñador gráfico descubría así su herramienta principal de trabajo. Con el nuevo programa se podían modificar las imágenes hasta hacer de ellas un producto totalmente distinto.  Así pues, las imágenes de las revistas de moda han empezado a cambiar desde su entrada en el mercado. Al principio con cautela y con clase; sin abusar. Sin embargo, a medida que han ido pasando los años su aplicación en las fotografías ha ido aumentado de manera exagerada hasta deformar el producto original. 


Compro revistas de moda desde aproximadamente los catorce años. Siempre he pensado que las chicas que aparecían estaban estupendas y se cuidaban mucho; que todas iban al gimnasio y se ponían todas las cremas del mundo para estar tan perfectas. No sólo lo he pensado yo, sino toda mujer que se compraba ese tipo de revistas. Sí, nos interesa la moda, pero no nos engañemos; las compramos por un mayor o menor aspiracional.  Sin embargo, hace unos años que conozco el funcionamiento del Photoshop y lo veo desde otra perspectiva. He visto procesos de cambio entre fotografías donde aparecen dos mujeres totalmente distintas en la original y en el producto resultante. Actualmente hay tanto retoque en las imágenes publicadas que se ha cruzado la línea de la ficción. Seguimos pensando que estas mujeres han quedado perfectas, pero ya no las vemos como “mujeres reales”. Sus pieles uniformes, con brillos uniformes, piernas extralargas, cuellos inhumanamente largos, pechos inmunes a la gravedad... La piel de naranja y la celulitis no existen para ellas.  
Aun así debo recordar que yo ya no tengo 16, 17 ni 18 años y tengo otra mentalidad. El Photoshop ha hecho mucho daño en las mentes de las adolescentes, quienes miran atónitas a las mujeres de estos magazines. Estar delgada y perfecta como la mujer de la foto supone una serie de éxitos personales y sociales que para estas jóvenes no exige precio ni sacrificio suficiente. Si hay que “no comer”, no se come. Y con esto no estoy diciendo que enfermedades tan serias como la anorexia o la bulimia existan como consecuencia de imágenes como estas, sino que, en según qué casos, pueden verse respaldadas por ello. 




Si no, parémonos a ver imágenes de Victoria’s Secret por ejemplo, en las que se deforman, de manera exagerada, partes del cuerpo. Cinturas NO proporcionales a caderas y hombros, piernas separadas de manera imposible... Errores garrafales que pueden comportar ciertos problemas. Problemas para un público que no lo percibe y se lo cree y problemas para su imagen de cara a un público que ve el horroroso trabajo que hay en esas imágenes. Lo difícil de creer es que marcas como Victoria’s Secret, con la reputación que tiene, se permita tener a alguien que retoque de esa manera. Que no aplique la lógica visual e incluso no sea capaz de ver que le ha borrado un brazo a una de sus modelos, Marisa Miller. 











Durante su existencia, el Photoshop ha ayudado a conseguir trabajos excepcionales. Sin embargo, hoy en día se está haciendo un mal uso en muchos casos, obteniendo imágenes horrorosas sin sentido alguno. Algunos países ya han empezado a prohibir el programa por las consecuencias que tiene. Si no queremos que nos pase lo mismo en nuestro país tenemos dos opciones; la moderación en su uso o el cambio de personal “profesional”. 

Núria Martí Casanova

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